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Torres del Paine: el fin del mundo que nunca quise dejar
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Torres del Paine: el fin del mundo que nunca quise dejar

Ocho días en la Patagonia chilena que cambiaron mi relación con el silencio

patagoniatrekkingnaturalezachile
LugarTorres del Paine, Chile
FechaFebrero 2024
Duración8 días / 7 noches
TipoTrekking

Hay lugares que te cambian antes de llegar. Torres del Paine es uno de ellos.

Desde el avión, mientras sobrevolaba la estepa patagónica, ya podía sentir algo diferente en el aire. Quizás era el viento que movía las nubes con una violencia inusual, o la escala imposible del paisaje abajo. La Patagonia no tiene escala humana. Es más grande que cualquier imagen que hayas visto de ella.

El primer día: el viento te pone en tu lugar

El W Trek empieza en Paine Grande, donde el lago Grey se extiende como un espejo roto entre los glaciares. El primer día caminé siete horas bajo un sol que aparecía y desaparecía entre nubes enormes. El viento era constante, a veces tan fuerte que tenía que inclinarme hacia adelante para avanzar.

"En la Patagonia el viento no interrumpe la caminata. El viento es la caminata."

Dormí en un refugio con otras quince personas de seis países diferentes. Nadie habla el mismo idioma pero todos entienden el lenguaje del cansancio y la satisfacción compartida.

El Valle del Francés: la caminata más difícil y más hermosa

El segundo día fue el Valle del Francés. Subir ese valle es entrar en otro mundo. Los picos se cierran sobre ti como una catedral de roca y hielo. Escuchas el crujido lejano de los glaciares y, si tienes suerte, el estruendo de un bloque de hielo cayendo.

Llegué a la base del mirador después de tres horas de subida. Ahí me senté durante cuarenta minutos sin hacer absolutamente nada. Solo mirar. Es uno de los pocos momentos en mi vida en que mi mente se quedó completamente en silencio.

Las Torres: levantarse a las 4am vale la pena

El último día del W hay que levantarse antes del amanecer para ver las Torres iluminadas por la primera luz. Salí del refugio a las 4:15am con linterna frontal y otros veinte excursionistas en fila india.

Después de dos horas de subida en la oscuridad, llegamos al mirador justo cuando el cielo empezaba a ponerse rosado. Las Torres —esas tres agujas de granito de 2.800 metros— se tiñeron de naranja, luego de rojo, luego de dorado.

Nadie habló durante diez minutos. Era uno de esos momentos que no necesitan palabras.

Lo que me llevé

Volví a casa con las rodillas destrozadas, el pelo enmarañado por el viento y una colección de fotos que no capturan nada de lo que viví. También volví con algo más difícil de describir: la certeza de que el mundo es más grande y más hermoso de lo que recordaba.

La Patagonia te enseña que hay lugares que existen por su propia cuenta, que no necesitan ser vistos para ser reales, y que si tienes la suerte de llegar ahí, lo menos que puedes hacer es estar completamente presente.

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