Subiendo el Toubkal: el techo de África del Norte
Cuatro días en el Alto Atlas y una cumbre que casi no fue
El Toubkal tiene 4.167 metros. No es una gran altitud para estándares alpinos, pero en octubre la nieve llega antes de lo esperado y el frío puede ser brutal.
Llegué a Imlil —el pueblo base— después de un taxi compartido desde Marrakech. El contraste es instantáneo: de los colores y el ruido de la medina a la quietud de los valles bereberes en cuarenta minutos.
Imlil: el lugar donde el tiempo funciona diferente
Imlil es un pueblo pequeño, de casas de barro y piedra construidas en la ladera de la montaña. Las mulas siguen siendo el transporte principal para subir materiales a las casas más altas. Los niños juegan en las calles estrechas. Los hombres juegan al dominó en el café de la plaza.
Mi guía se llamaba Hassan. Tenía cuarenta y dos años, había subido el Toubkal más de trescientas veces y caminaba más rápido que yo con sandalias.
La subida: cinco horas de concentración total
Salimos a las 5am. En octubre el día es corto y hay que aprovechar las horas de luz. Los primeros dos kilómetros van por senderos bien marcados entre aldeas y bancales de cultivo. Después empieza la pendiente real.
A los 3.200 metros llegamos al refugio Neltner. Descansamos veinte minutos, comimos dátiles y nueces, y seguimos. El último tramo, desde el refugio hasta la cumbre, es una ladera de piedras sueltas que parece que nunca termina.
Llegué arriba a las 10:47am. Hassan ya estaba ahí, sentado sobre una piedra, comiéndose tranquilamente un sándwich de queso.
Lo que se ve desde arriba
Desde la cumbre, los 360 grados de vista incluyen el Atlas hasta el horizonte en todas las direcciones, los primeros planos del desierto al sur, y en días muy claros, se dice que se puede ver el Atlántico. Ese día había demasiada neblina, pero no importó.
Me quedé arriba cuarenta minutos. El viento era fuerte y el frío intenso, pero no quería bajar. Esos momentos de cima tienen algo de irrepetible: sabes exactamente que estás ahí arriba, que lo que hiciste para llegar quedó atrás, y que el camino de bajada todavía está por delante.
Por qué Marruecos sorprende
La gente habla de Marrakech, del desierto del Sahara, de las ciudades imperiales. Pocos hablan del Atlas. Es una pena. Las montañas del Alto Atlas son otro Marruecos completamente: silencioso, austero, genuino. Los pueblos bereberes mantienen una forma de vida que parece suspendida en el tiempo sin ser un museo.
Volvería mañana.